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viernes, 25 de septiembre de 2026

Siempre estoy lejos

 

Hay algo que últimamente entiendo con una tristeza distinta: toda mi vida he sido yo el que está lejos. Durante años pensé que era simplemente una circunstancia. Cuando terminé Psicología tuve que irme a trabajar a distintos lugares y mis padres quedaron lejos. Los veía, muchas veces, una vez al año. Los extrañaba, pero seguía adelante, porque uno aprende a vivir pensando que siempre habrá tiempo para volver, para conversar, para abrazar, para recuperar los días que la distancia se llevó.

Después fue mi propia familia la que quedó al otro lado del mundo. Iuliana regresó a Rumania con Radu y yo me quedé en Perú. Entonces aprendí lo que significa extrañar a un hijo. No era solamente pensar en él; era encontrarlo en las cosas que había dejado. Su ropa, su olor en las sábanas, sus juguetes desordenados, pequeños rastros de una vida que seguía existiendo en la casa aunque él ya no estuviera. A veces creía escucharlo entre las habitaciones. Y quizá eso es una de las cosas más duras de la ausencia: que durante un tiempo la casa parece conservar a la persona que se fue.

Después fui yo quien viajó a Rumania para estar cerca de ellos. Pero entonces mis padres quedaron todavía más lejos. Y así fue como comprendí que mi vida parecía estar dividida en dos lugares: cuando estaba en Perú, extrañaba a mi hijo y a Iuliana; cuando estaba en Rumania, extrañaba a mis padres. Nunca conseguía tener cerca a todos los que amaba. Siempre había alguien al otro lado de una distancia.

Ahora mi padre ya no está. Y hay distancias que la muerte vuelve definitivas. Ya no existe la posibilidad de decir “algún día iré a verlo”. Ese día se terminó. Mi madre sigue lejos, mis perros están lejos, mi hijo está lejos y aquella vida que tuve en Rumania también parece cada vez más distante. Incluso Iuliana, que durante tanto tiempo fue para mí una forma de hogar, está hoy en un lugar al que yo ya no sé cómo regresar. Yo sigo sintiendo por ella lo que sentía antes, pero tengo la dolorosa impresión de que ese sentimiento ya no encuentra el mismo lugar del otro lado.

Quizá eso sea lo que más me cuesta aceptar: que no solamente he perdido personas, sino también lugares donde alguna vez me sentí perteneciente. Rumania fue uno de ellos. Mi familia fue otro. Y ahora tengo la sensación de haberme quedado sin un sitio en el que pueda sentir que estoy verdaderamente cerca de quienes amo.

Bowlby escribió que el duelo nace de la ruptura de vínculos que para nosotros son fundamentales. Y quizá por eso mi tristeza no pertenece solamente a la muerte de mi padre. También pertenece a todas las separaciones que se han ido acumulando: a los años lejos de mis padres, a las veces que tuve que despedirme de mi hijo, a la vida familiar que quedó en otro país, a aquello que alguna vez fue mi hogar y que hoy siento que ya no puedo recuperar.

Por eso, cuando pienso en mi vida, ya no siento que esté atravesando simplemente una etapa de soledad. Siento que finalmente he llegado a comprender algo que durante mucho tiempo no quise mirar: quizá esta sea la vida que me toque llevar. Una vida en la que tendré que aprender a convivir con la ausencia, con los recuerdos y con la distancia; una vida en la que siempre habrá alguien a quien extrañar y algo que ya no podré recuperar.

Y lo más triste es que yo siempre he querido lo contrario. Siempre he querido estar cerca. Siempre he querido tener a mi familia conmigo. Nunca quise ser el que se va, el que espera, el que mira desde lejos cómo transcurre la vida de las personas que ama. Pero parece que esa ha sido mi historia: mientras unos continúan sus vidas en un lugar, yo termino viviendo en otro, tratando de acostumbrarme a una distancia que nunca elegí del todo.

Y ahora comprendo algo que me duele profundamente: no me quedé en ningún lugar. Me quedé en un sitio que no siento mío, lejos de mi madre, lejos de mi hijo, lejos de Iuliana y lejos de todo aquello que alguna vez hizo que una casa pudiera sentirse como hogar. Ellos tienen sus lugares, sus vidas, sus días que continúan; yo, en cambio, permanezco mirando desde lejos, queriendo a personas que ya no puedo tener cerca y conservando afectos que, en algunos casos, ya no tienen el mismo lugar del otro lado.

Tal vez esa sea la forma más triste de estar solo: no solamente no tener a quienes amas contigo, sino sentir que tampoco existe ya un lugar al que puedas regresar y decir “aquí pertenezco”. He perdido un mundo, y después otro, y luego otro más, hasta sentir que todos mis afectos quedaron repartidos en lugares a los que ya no puedo llegar.

Y quizá esa sea mi condena: aprender a vivir siempre un poco lejos de todo lo que amo, mirando desde otra orilla cómo las personas que forman parte de mi vida continúan la suya, mientras yo permanezco aquí, con todos esos recuerdos, con todo ese amor que todavía siento y con la tristeza de saber que algunas veces uno puede seguir amando incluso cuando ya no encuentra un lugar donde ser amado de la misma manera.

Al final, me quedé solo, lejos de todos y sin un lugar que pudiera llamar hogar.

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