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miércoles, 23 de septiembre de 2026

NO SON “UN PAR DE SEMANAS”

Lo ocurrido en el Liceo Naval no puede reducirse a “un par de semanas en Maranguita para que aprendan”.

Me resulta indignante escuchar a una autoridad pública referirse de esa manera a un hecho de esta gravedad. El senador Jacques Rodrich ha señalado que a los jóvenes involucrados “les haría bien” pasar un par de semanas en Maranguita “para que aprendan lo que es pagar una culpa”.

¿De verdad estamos hablando de esto como si se tratara de una travesura que necesita simplemente un escarmiento?

Estamos hablando de un adolescente que habría sido víctima de una agresión sexual cometida por compañeros. Hay una víctima, hay lesiones, hay una investigación y hay una familia que está atravesando las consecuencias de lo ocurrido. La justicia tendrá que determinar las responsabilidades individuales y hacerlo respetando el debido proceso, pero la ausencia de una sentencia no convierte lo sucedido en algo imaginario ni borra a la víctima.

Y aquí también debemos ser cuidadosos con las palabras.

Presunción de inocencia no significa presunción de inexistencia de la víctima.

Los investigados tienen derecho a que no se les declare culpables antes de una sentencia. Eso es incuestionable. Pero ese principio no obliga a la sociedad a hablar de la agresión como si ni siquiera supiéramos si ocurrió.

Lo que está pendiente de determinar judicialmente es la responsabilidad penal de cada involucrado. No la existencia de un adolescente que hoy necesita protección, atención y justicia.

Por eso me resulta particularmente desafortunado hablar de “un par de semanas” como si ese tiempo pudiera constituir una respuesta suficiente frente a lo ocurrido.

¿Qué significa exactamente “que aprendan”?

¿Que después de dos semanas ya habrán comprendido lo que hicieron?

¿Y la víctima?

¿También tendrá dos semanas para superar lo ocurrido?

¿Su familia?

¿También podrá cerrar el asunto en dos semanas?

Porque una medida judicial tiene una duración determinada. El daño psicológico y emocional de una víctima no funciona con calendario.

Y esto nos lleva a un problema todavía mayor: la normalización de la violencia.

Decir que estas cosas “siempre han pasado” no las convierte en normales.

Que exista bullying en los colegios no convierte una agresión sexual en una forma más de bullying.

Que la violencia entre adolescentes exista no significa que tengamos que resignarnos a ella.

Y que un hecho ocurra con frecuencia no disminuye su gravedad.

Hannah Arendt reflexionó sobre cómo actos profundamente dañinos pueden terminar siendo ejecutados o tolerados cuando las personas dejan de detenerse a pensar críticamente en las consecuencias de lo que hacen y en el sufrimiento que provocan en otros. La idea de la banalidad del mal no significa que el mal sea poco importante; plantea precisamente el peligro de que lo terrible termine tratándose como algo rutinario.

Eso es lo que deberíamos evitar.

Porque cuando empezamos a decir:

“Eso siempre ha pasado”.

“Son cosas de muchachos”.

“Fue una broma”.

“Se les pasó la mano”.

“Un par de semanas y aprenderán”.

corremos el riesgo de convertir la violencia en algo cotidiano.

Y una sociedad que se acostumbra a la violencia termina acostumbrándose también al sufrimiento de sus víctimas.

Yo no estoy pidiendo venganza.

No estoy pidiendo que se vulneren los derechos de los investigados.

Estoy pidiendo algo mucho más básico:

que haya una investigación seria, que se establezcan responsabilidades, que se proteja a la víctima y que se tome en serio la gravedad de lo ocurrido.

Porque detrás de un expediente judicial hay un adolescente.

Detrás de ese adolescente hay una familia.

Y detrás de una familia hay una vida que puede quedar marcada por lo sucedido.

Por eso, antes de preguntarnos si alguien necesita dos semanas, cuatro meses o el tiempo que legalmente corresponda, deberíamos preguntarnos algo mucho más importante:

¿Qué necesita la víctima para recuperar su dignidad, su seguridad y su vida?

Eso también es hablar de justicia.

Y finalmente, no puedo dejar de decirlo: me parece vergonzosa la postura del senador Jacques Rodrich.

No solamente porque reducir un hecho de esta gravedad a “un par de semanas” de Maranguita demuestra, como mínimo, un preocupante desconocimiento de la complejidad de la justicia juvenil y de lo que significa realmente la responsabilidad frente a un hecho de violencia.

También porque revela algo todavía más grave: una profunda desconexión con la condición humana de quienes están involucrados.

Parece haber olvidado que antes que expedientes, estadísticas o discursos políticos, estamos hablando de personas. De un adolescente que sufrió una agresión. De una familia que está sufriendo. Y también de adolescentes que, precisamente por ser adolescentes, necesitan asumir responsabilidades y comprender la gravedad de sus actos dentro de un sistema que tenga una verdadera finalidad educativa y de reinserción.

Y como padre, como hijo y como ser humano, me cuesta entender una mirada tan distante frente al sufrimiento de una víctima.

Es patético que quienes ocupan cargos públicos puedan hablar de hechos como estos con una ligereza que difícilmente tendrían si la víctima fuera un hijo, un hermano o alguien de su propia familia.

No necesitamos autoridades que nos digan que la violencia “siempre ha existido”.

Necesitamos autoridades capaces de decir que no estamos dispuestos a seguir aceptándola como normal.

Porque una sociedad se mide también por la manera en que trata a quien está más vulnerable.

Y cuando una autoridad responde ante el sufrimiento de un adolescente hablando de “un par de semanas” como escarmiento, lo mínimo que podemos hacer como ciudadanos es decirlo claramente:

Es vergonzoso. Es profundamente preocupante. Y sí, resulta patético que una persona con responsabilidad política pueda abordar un caso de esta naturaleza con semejante ligereza.

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