Hay dolores que uno cree conocer hasta que la vida te presenta uno que no se parece a ninguno anterior.
He amado a muchas personas.
He tenido amores, rupturas, decepciones y despedidas. He conocido la soledad y he llorado por personas que fueron importantes para mí.
Pero nunca había conocido un dolor como este.
El dolor de extrañar a un hijo.
No sé cómo explicarlo exactamente.
Solo sé que es diferente.
Es más profundo.
Más intenso.
Es un dolor que aparece incluso en los días aparentemente normales. Puedes estar trabajando, conversando con alguien, haciendo cualquier cosa cotidiana y, de pronto, aparece su rostro en tu pensamiento.
Y lo extrañas.
Otra vez.
Todos los días.
Mi hijo está creciendo en Rumanía y yo estoy lejos de él.
Y quizás una de las cosas que más me duele es saber que el tiempo continúa avanzando mientras yo estoy lejos.
Él crece.
Cambia.
Aprende.
Descubre cosas nuevas.
Y yo quisiera poder estar allí para ver cada una de esas pequeñas transformaciones.
Quisiera estar presente en las cosas que parecen insignificantes, porque sé que algún día serán precisamente esas pequeñas cosas las que más voy a recordar.
Quisiera verlo crecer de cerca.
Escuchar sus ocurrencias.
Ver sus gestos.
Acompañarlo.
Abrazarlo.
Estar.
Simplemente estar.
Y no puedo hacerlo como quisiera.
Esa imposibilidad duele.
A veces siento que no estoy solamente lejos de mi hijo.
Siento que me arrancaron una parte de mí y que tuve que aprender a continuar con ese vacío.
Y no sé cómo se hace.
¿Cómo se aprende a vivir sintiéndose incompleto?
¿Cómo se continúa con las responsabilidades, con el trabajo, con los días normales, cuando dentro de ti existe una ausencia que no puedes llenar?
Porque eso es lo que siento.
Una ausencia.
Un vacío.
Una parte de mí que está lejos.
Y no quiero acostumbrarme.
No quiero que su ausencia se convierta en algo cotidiano.
No quiero que llegue un momento en el que simplemente diga: “Así es la vida”.
Porque para mí no debería ser normal estar lejos de mi hijo.
Debería estar allí.
Debería poder verlo.
Debería poder acompañarlo.
Debería poder abrazarlo cuando quiera.
Pero la vida no siempre nos permite estar donde queremos estar.
Y aceptar eso no significa que deje de doler.
Cuando mi hijo se enferma, por ejemplo, siento que todo lo demás pierde importancia.
Un padre quisiera poder estar allí.
Quisiera poder verlo con sus propios ojos.
Saber cómo se siente.
Cuidarlo.
Abrazarlo.
Decirle que todo estará bien.
Y cuando estás lejos, esa distancia se siente todavía más grande.
Porque hay momentos en los que uno no necesita palabras.
Necesita estar.
Necesita un abrazo.
Necesita simplemente sentarse al lado de su hijo.
Y eso es precisamente lo que la distancia me quita.
Por eso he llorado tantas veces.
Y no me avergüenza decirlo.
Lloro porque lo amo.
Lloro porque lo extraño.
Lloro porque quisiera tenerlo cerca.
Lloro porque sé que está creciendo y yo quisiera estar presente en cada etapa.
Hay personas que quizá no entiendan por qué esto puede doler tanto.
Pero creo que solamente quien tiene un hijo puede comprender parcialmente lo que significa.
Porque el amor por un hijo es diferente.
No se parece al amor de pareja.
No se parece al amor entre amigos.
No se parece al amor hacia nuestros padres.
Es otro tipo de amor.
Es un amor que se instala dentro de uno de una manera difícil de explicar.
Mi hijo ocupa un lugar en mí que nadie más ocupa.
Por eso su ausencia tiene un peso que ninguna otra ausencia ha tenido.
He tenido rupturas.
He perdido personas.
He llorado por amor.
Pero nunca sentí que me faltara una parte de mí de la manera en que la siento cuando extraño a mi hijo.
Porque él no es solamente alguien a quien amo.
Es mi hijo.
Y eso lo cambia todo.
A veces veo una fotografía suya y me doy cuenta de cuánto ha crecido.
Y siento dos cosas al mismo tiempo.
Felicidad porque está creciendo.
Y tristeza porque quisiera estar allí para vivir ese crecimiento junto a él.
No quiero perderme esos momentos.
No quiero que el tiempo pase tan rápido.
No quiero mirar algún día hacia atrás y pensar en todo lo que me hubiera gustado vivir a su lado.
Quiero estar.
Eso es todo.
Quiero estar.
Quiero acompañarlo mientras crece.
Quiero conocer sus cambios.
Quiero escuchar sus historias.
Quiero verlo descubrir quién es.
Quiero estar presente en su vida.
Y cuando no puedo, me duele.
Mucho.
Hay noches en las que la tristeza pesa más.
Y entonces aparecen los recuerdos.
Su rostro.
Su voz.
Las cosas que hemos vivido.
Y pienso en él.
Y lo extraño.
Y vuelvo a sentir ese vacío.
No sé cuánto tiempo va a durar este dolor.
No sé si algún día será más fácil.
Ahora mismo no quiero fingir que tengo una respuesta.
No quiero convertirlo en una enseñanza bonita.
No quiero decir que todo sucede por alguna razón.
Hoy simplemente me duele.
Me duele estar lejos.
Me duele perderme momentos.
Me duele verlo crecer desde otro lugar.
Me duele no poder abrazarlo cuando quisiera.
Me duele extrañarlo todos los días.
Y quizá lo único que puedo hacer es reconocer ese dolor.
Porque este dolor tiene un nombre.
Es amor.
Amor por un hijo.
Un amor tan grande que la distancia no consigue disminuirlo.
Al contrario.
A veces la distancia hace que uno descubra cuánto puede llegar a extrañar.
Y yo lo extraño.
Muchísimo.
Más de lo que alguna vez imaginé que podía extrañar a alguien.
Lo extraño cuando estoy ocupado.
Lo extraño cuando estoy solo.
Lo extraño cuando veo algo que quisiera contarle.
Lo extraño cuando recuerdo cómo era de pequeño.
Lo extraño cuando pienso en cómo está creciendo.
Lo extraño simplemente porque es mi hijo.
Y hay días en los que no quiero ser fuerte.
No quiero encontrar una explicación.
No quiero convencerme de que todo estará bien.
Solo quiero poder decir la verdad:
Estoy lejos de mi hijo.
Lo amo profundamente.
Lo extraño todos los días.
Y me duele.
Me duele muchísimo.
Porque cuando uno ama de verdad, la distancia no solamente se mide en kilómetros.
También se mide en todos esos abrazos que uno quisiera dar y no puede.
